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Maradona y la foto de la discordia

Maradona Y La Foto De La Discordia

CRhonnyCcs-. Qué difícil se hizo admirar a Maradona en Venezuela, donde lo político traspasa todo a unos niveles indeseables. Diego era el fútbol en sí mismo, pero también la polémica hecha hombre. El destino tejió su leyenda en base a una fórmula tan vieja y repetida, como exitosa: la lucha del pobre contra el rico, del débil contra el fuerte. Y el argentino sopló esta vela con tanta fuerza que empujó el velero lejos del estadio y lo acercó a las tarimas políticas al punto en nuestro país no fueron pocas las muestras de alegría cuando ayer se hundió su barco. Triste que muchos se conviertan en lo que dicen combatir.

El 25 de noviembre pasará a ser el día que vi a Guns n´ Roses en las afueras del Poliedro y el día que murió el Diego. El argentino fue mi súper héroe de niño. De pequeño quería ser Koji Kabuto -para pilotear a Mazinger Z- y Diego Maradona, para hacer un gol como el segundo ante Inglaterra en México 86. Ninguna de las dos cosas se me dio y para ser sinceros creo que estuve más cerca de la primera. Así que imaginen mi talento con la pelota. Pero a quien le importa. Esa es la magia de un juego que traspasa a todos los países y capas sociales. Soñar que se puede emular una hazaña gigantesca así sea en la cancha del colegio frente a 20 personas.

A Maradona me lo encontré de casualidad sentado en la Fonda de las Mercedes, donde mi viejo y mi madre -con muchos sacrificios- me llevaron a comer asopado de mariscos porque me había ido bien en la escuela. Y allí sentado, con apenas 8 años, lo ví regateando ingleses, mientras el locutor de turno daba alaridos en presagio a un momento de una envergadura inexplicable. El hombre traspasaba la barrera de lo sobrenatural que sólo una minoría infinitesimal ha logrado superar desde que aquella Eva africana parió al primer o primera sapiens de la historia.

Era una época donde RCTV y Venevisión hacían unas coberturas increíbles de los mundiales de fútbol. César “Nanú” Díaz, Gerardo Ricardi  y Lázaro Candal en un lado, el profesor Carlos Horacio Moreno, Manolo Dávila y Cristóbal Guerra por el otro. Ambas plantas gastaban millones de los bolívares que sí valían, incorporando tecnologías y recursos humanos a sus transmisiones para ganarse a una audiencia que inexplicablemente cada cuatro años dejaba de lado su afición por el béisbol para vivir el fútbol como si Venezuela tuviera  chance de levantar la copa. De eso queda poco. Hoy no sabemos si podremos ver los partidos del próximo Mundial en señal abierta, salvo que alguna empresa se meta la manos en los bolsillos, como ya pasó en el último Mundial.

Después de aquel día de 1986 me hice creyente del fútbol. Me paraba en las mañanas de los domingos para ver la transmisión del Calcio italiano de VTV que lideraban Turi Agüero y Vicente D´Alessandro. Entre frases como “tiemmmmmpo de juego” y la publicidad de “Mamusa la que todo el mundo usa” conocí al Napoli y aprendí lo que sería sufrir en el fútbol. Era este pequeño jugador (como yo) contra todos. Y podía. Era una delicia ver al Milan de Gullit Rijkaard y Van Basten, pero siempre quería que ganara el Napoli porque al final si le tenemos que ir a alguien que sea al débil. Es la historia de la humanidad que nos han vendido en libros y películas.

Vale hacer un paréntesis para decir que entonces VTV era un canalazo. También transmitía el fútbol español y así desaté mi amor al Barcelona FC. Amor que después compartiría con el Caracas FC. Se veían unas series fabulosas como “Hunter El Cazador”, “Remington Steel” con Pierce Brosnan, “Moonlighting”  con Bruce Willis, la serie de Alfred Hitchcock, “Baywatch”, “Punky Brewster”, “La Pequeña Maravilla” y algunos entretenidos largometrajes para niños como “El vuelo de los Dragones” y una versión deliciosa de “El Viento en los Sauces” con el sapo borracho y fiestero y aquel tejón moral y severo. A Diego le faltó el tejón y le sobraron los sapos a su alrededor.

Maradona y la Venezuela del 85′

Antes de La Revolución ya Maradona tenía su relación peculiar con Venezuela. La Albiceleste jugaba ante La Vinotinto el 26 de mayo de 1985 y apenas los argentinos aterrizaron en San Cristóbal se armó el desastre. Por allí algún anónimo -que quien sabe si vivirá aún- le dejó un recuerdo en la rodilla que lo mantuvo bajo observación toda la noche antes del partido. Aún así el astro marcó dos goles (incluido uno de cabeza  midiendo apenas 1,65 mts.) pero, tal y como él mismo escribiría en su libro “Yo soy el Diego de la Gente”, los argentinos la pasaron mal esa tarde en Pueblo Nuevo. Venezuela cayó 3-2 en el que probablemente fue el mejor partido de la era “Cenicienta”. Viendo en YouTube el resumen aún me erizo con el golazo de René Torres y el cabezazo de Hébert Márquez que me regalaría una imagen personalmente muy importante: la de Pedro Febles, mi fallecido entrenador y a quien se le debe un homenaje digno de su persona, recogiendo el balón y corriendo a toda velocidad al centro del campo mientras animaba al público a seguir apoyando. Pedrito pudo empatar el juego pero el destino se lo negó.

Con la victoria en la Copa del Mundo México 86 todos los focos brillaban sobre Maradona en Italia 90. Pero Argentina no valía medio picado por la mitad. Eran Maradona y un escudero de lujo, Claudio Caniggia, contra el mundo. Y casi lo logran. Sacaron al Brasil de Careca, a la anfitriona Italia, en penales, y cayeron 1-0 contra Alemania en una polémica final que merecía otra historia, así se repitiera el ganador. Los italianos, que inventaron la mafia antes que los venezolanos le hicieran ingeniería inversa, jamás le perdonaron ese partido. Y así destaparon lo que ya media humanidad sabía para destruirlo, no para sanear el deporte. Y el mal estaba hecho. Recuperaciones fueron y vinieron pero la adicción había hecho metástasis.

Yo conocí a Maradona tras la pantalla de un televisor, pero con Diego tuve el privilegio de pasar casi una hora a finales del mes de marzo de 2005 en Puerto Ordaz. Ese día se reunían José Luis Rodríguez Zapatero, Luiz Inácio Lula Da Silva, Álvaro Uribe y Hugo Chávez. Yo estaba cubriendo la actividad y mi comadre Thamar Sánchez me sacó del sitio y me montó en un carro que me llevó a una casa de algún complejo de la CVG donde Diego, con algunos allegados y seguridad, se encontraba viendo un juego de Eliminatoria Conmebol Suramericana. Se paró, me saludó y -alguien que no recuerdo, pero le agradezco infinitamente haber apretado el botón de su cámara- inmortalizó el momento.

Diego se veía bien. Me parece que estaba recién operado para tratar su obesidad y hablamos de fútbol ¿de qué mas? Un tipo genial, humilde. Un tiempo después lo ví ya como Maradona, asediado por cientos de personas que querían robarle una firma. Allí era otro. Ayer publiqué esa foto en algunos espacios personales y, así como muchos me escribieron para preguntarme por la anécdota, otros me reprocharon el gesto. Yo respeto su posición, pero creo que distorsionan todo.

En 2006, aprovechando que estaba en Italia, quise constatar en persona sí en verdad la ciudad de Nápoles veneraba el ídolo, aún habiendo pasando tanto tiempo. Cuando Maradona llegó a la casa de la pizza con anchoas el equipo jamás había ganado un Scudetto. En la lucha entre el norte rico y el sur más pobre de la bota europea, los primeros siempre fueron los vencedores. Pero con Diego eso cambiaría. Tomé tren en la estación de Termini, en Roma. Iba solo y sólo tenía a Maradona en la cabeza. Recordando jugadas y tiros libres, mientras la serpiente metálica unía ambas ciudades en trayecto de dos horas de duración ¿Cuánto tardaría en ver la primera imagen de Diego Armando? Básicamente lo que tardaron las puertas del tren en abrirse. Apenas salí del vagón habían unos quioscos de souvenirs y en todos habían cosas del 10.

Caminé muchas cuadras de la ciudad y no fueron pocas las ocasiones en que algo recordaba el paso del argentino en la ciudad. Y claro que preguntamos por él. Allá por un Castillo, en aquella pizzería, en el local del vino. Para esa gente Maradona nunca se fue. Sigue con ellos, camina la ciudad y se presenta en el San Paolo (al que le van a cambiar el nombre)  cada domingo vestido de cortos y con sus clásicos botines negros. Si hay algún sitio donde quisiera estar hoy es allí, aún más que en Buenos Aires, porque sí, el destino lo hizo argentino, pero jamás vi un a una ciudad entera venerar a un ser humano como Napoles lo hace con Diego, el hombre hecho leyenda.

El fútbol es la mejor metáfora de la vida. Por eso arrastra masas. Caes y te levantas. Ante Inglaterra durante el verano mexicano de 1986 ese pequeño muchacho de un barrio pobre de Argentina protagonizó por televisión mundial ese pasaje de la biblia entre David y Goliat, del que sólo sabíamos por un libro escrito hace más de 1500 años. Con aquella mano los argentinos recibían una revancha de la estúpida guerra de Las Malvinas, porque el fútbol, así como la vida, da revancha. Los pobres, los rechazados, se identificaron con el 10 y lo encumbraron adonde jamás soñó. Es la cinematográfica solidaridad  automática con el más débil que le dio licencia para ser él y violentar cualquier norma que se le impusiera e incluso muchos le perdonan sus constantes coqueteos con las dictaduras de izquierda. El salvoconducto le duró hasta ayer, cuando la misma vida nos recordó también que todo tiene su final, así seas el D10S del fútbol.

A Diego, los poderosos le expropiaron todo lo que pudieron para hundirlo cuando les incomodó. Luego se aprovechó de él el poder político buscando votos entre las masas.  Seguro hablarán de la maldita cocaína y de su tatuaje del Ché Guevara. De su relación con Fidel, Chávez y Maduro. De lo errado que pudo haber estado de cara a la portería política, donde sus ideales rebeldes en pro de los como él crecieron “en un barrio privado… privado de luz  y de agua”, le llevaron a apoyar a quienes en nombre de esas mismas ideas humillan aún más a las víctimas de esas carencias. Pero allí están sus goles. La magia. Cada pase imposible. Cada gol decisivo. Porque con todos sus errores nos dejó un mensaje superior: el de no perder las esperanzas nunca, porque siempre tendremos en la cancha de la vida la oportunidad de voltear el partido, no importa quién sea el rival.

Hoy no hay lugar en el planeta donde no se comenté la muerte de Diego Armando Maradona. La dimensión que alcanzó es sencillamente inexplicable. Siempre desató pasiones, bajas y altas.  Hoy sólo puedo darte las gracias por dejar el fútbol en mi vida y decirte “Descansa Pibe, genio, dios y humano”. Pocas cosas deben haber sido más difícil que ser Diego Armando Maradona.

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